La razón está en los cambios estructurales que suceden en la piel. Por un lado, se ralentiza la renovación celular. Las células de la epidermis, que antes tardaban 28 días en dejar paso a las nuevas, llegan a doblar ese plazo. Por tanto, las células muertas se quedan depositadas más tiempo en la superficie de la epidermis. Curiosamente, a la vez la piel se hace más fina y menos compacta, lo que, por un lado, hace que se transparente más el pigmento, como el de las ojeras, y además, permite una peor reflexión de la luz al ser una superficie más irregular. A la vez, comienzan a observarse las consecuencias del fotoenvejecimiento, muchas de ellas directamente relacionadas con la pigmentación.
Aparecen zonas hiperpigmentadas (manchas oscuras) y otras, hipopigmentadas (manchas blancas) y, en general, el cutis adquiere un tono irregular. Los capilares y las venitas se dilatan, y a menudo se aprecian en la superficie. La microcirculación de los capilares cutáneos se hace más lenta y deficiente, ya que, con la edad, disminuye la red capilar. Eso también elimina el subtono rojo (producto de la hemoglobina de la sangre) que da un aspecto más fresco al cutis.
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