
Sin embargo, la adolescencia, es un período imprescindible para el buen desarrollo de nuestros hijos y en la que maduramos tanto nosotros como ellos. Se trata de un crecimiento conjunto.
No es un secreto para nadie: la adolescencia es una etapa de turbulencias que algunos psicólogos como Coks Feenstra, especialista en Psicología infantil y autora de El día a día con mis hijos compara con la etapa del “no” que atraviesa el niño pequeño en torno a los 2 años. “Al igual que el niño pequeño empieza a descubrir su propia individualidad y necesita rebelarse contra su madre para afianzar su “yo”, en la adolescencia el joven necesita nuevamente rebelarse contra sus padres porque está en la encrucijada entre niño y adulto”, explica. El adolescente entra en un periodo de mutación que resulta difícil, no sólo para él, pues empieza a sufrir momentos de soledad, de dudas existenciales y de dudas vocacionales, sino también para su entorno, y en particular para sus padres que ven cómo, de la noche a la mañana, han perdido todo poder sobre sus hijos.
En busca de su "yo"
“Los padres se dan cuenta de que su hijo ya no es el mismo; va creciendo a un ritmo veloz, tanto físicamente como emocionalmente –añade Coks–. Ya no sirven las antiguas directrices educativas. Ahora es el joven el que traza sus propios planes para el fin de semana o las vacaciones. Es la fase en la que los padres notan que deben ir soltando las riendas, lo cual no es fácil. Para ellos sigue siendo un niño con cuerpo de adulto”. Y es en esta dificultad por aceptar que el niño ha crecido y que se materializa en su cambio de actitud, donde muchos padres ven la adolescencia como una especie de enfermedad. El hijo, antes cercano, alegre y comunicativo, se encierra en sí mismo, deja de depender emocionalmente de sus progenitores, escapa voluntariamente del círculo de seguridad familiar para adentrarse en un universo desconocido para él pero en el que aprenderá, a crecer, a convertirse en un ser autónomo, con criterio propio, contando, en principio, con el apoyo de su grupo de amigos. Y esto es lo que, según Coks, genera en el adolescente una serie de miedos y angustias a los que debe enfrentarse. “Los compañeros empiezan a ser su principal punto de referencia. Para formar parte de ellos, quiere ser como ellos: se viste, se peina y se comporta como los de su grupo”. La apariencia física cobra ahora mayor importancia. Los miedos se centran en aspectos: ¿Estoy bien como estoy? ¿Me aceptarán en este grupo? ¿Cómo me relaciono con los del otro sexo?”.
Entran, además, en una fase de su vida en la que coincide con el despertar de la sexualidad. De pasar a mostrarse indiferente hacia el sexo opuesto, comienzan a interesarse por él, despierta su atención, lo mira con otros ojos. Pero su inseguridad es grande, tanto en lo que respecta a la propia personalidad como al aspecto f...
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